reconocimiento

Alfonso Delgado

Cada año y desde el principio hemos recibido el mismo recado o la misma llamada telefónica: ¿habrá reconocimiento? —¡Claro!, era nuestra apresurada y afirmativa respuesta. Y a partir de ahí nos hablaba del proyecto escultórico que tocaba, sin indagar acerca de la persona que lo recibiría, puesto que, sabíamos, sería merecedora de ese trabajo impregnado de intenciones, complicidades y emociones no esperadas. Cada parte urdía su obra, sin preguntas, pero con el mismo deseo de contribuir a un hermoso fin común. No hay nada más pleno que reconocer a una persona, o a un colectivo de ellas, que esté contribuyendo de alguna manera a la mejor-vivencia del resto, a la convivencia, dándole el valor que merece esa especie de heroicidad en un mundo tan atrabancado y atribulado como el nuestro.

Luego llegaba el día, todavía en las horas previas sin saber quiénes se encontrarían. Caracolas, peces voladores y con otras formas impensables, estrellas de mar, aguas zarcas, ventanas oceánicas, etc., se desvestían temprano observando desde su pedestal a la persona que iban a acoger de por vida. Y finalmente se producía el encuentro inesperado, jubiloso, emotivo… Y en esa hermosa pieza viajaban entonces nuestros sueños de transferir, hasta otras manos, la magia que hemos ido amasando, juntos, a lo largo del tiempo. Y funciona, funciona a través del arte de la convivencia, puesto que para construirla, afianzarla y propagarla es necesario reunir ingredientes que, afortunadamente, todavía podemos encontrar en el interior de las personas, en ese recorrido que conecta mente y corazón.

Y cuando las reunimos como hoy, dialogan, unas y otras. Y entre susurros se cuentan sus peripecias y experiencias ya fuera del taller, siendo conscientes de que, juntas y con sus valiosos aprendizajes, pueden aportar y combinar de manera acertada todos esos componentes imprescindibles para reconectar nuevamente nuestra sociedad. Ahora mucho más diversa y compleja que antes, además, poco dispuesta a la vida en comunidad y a incorporar lo nuevo; tal vez porque genera incertidumbres, tal vez porque nuestro corazón se ha empequeñecido y nuestra mente se ha empobrecido. Necesitamos entonces artistas de la vida, en su más amplio sentido de la inspiración que se requiere para construir un mundo pleno; pleno y en el que podamos ser felices o avanzar por lo menos con paso firme hacia esa condición.

Y en ese camino nos encontramos venturosamente con Alfonso; con Alfonso, Paloma y Lúa. Y lo continuaremos recorriendo y compartiendo con él siempre que lo deseemos, a través de sus personas más queridas y de sus diversos legados. El que obró con sus manos, convertido en arte con pensamiento y emoción. Y el que nos impregnó con su presencia y calidez, con su optimismo y esperanza: patrimonios ya de por vida de todas las personas que lo pudimos abrazar.

Santa Cruz de Tenerife, a nueve de diciembre de dos mil diecinueve.

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